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Iraq, La Memoria Histórica en Peligro


Este pasado, antiguo y reciente, permite entender algunas de las claves de la actual conflagración y sobre todo, la inmensa carga emotiva, religiosa, política, simbólica, mitológica que recobra en los pueblos de este tan próximo Oriente el nombre de Bagdad y de las codiciadas tierras del Tigris y del Éufrates, ahora pasto de una lluvia de bombas de la más sofisticada tecnología del tercer milenio.

Cuenta la leyenda que, cuando Bagdad fue arrasada por los mongoles en el año 1258, las aguas del Tigris se volvieron rojas y negras.

 


Rojas, por la sangre de los habitantes masacrados por las huestes del terrible Hulagu, nieto de Gengis-Jan. Negras, por la tinta de los miles de libros derramada en el río. Desde entonces, la ciudad no ha dejado de renacer de sus cenizas. Otra vez devastada por Tamerlán en 1401, resurgió nuevamente... ¿Inmortal?

En realidad, Bagdad no ha muerto nunca. Porque el formidable legado cultural que nos dejó durante la edad de oro de los califas abbasíes sigue vivo. Desde las orillas del Tigris, ha viajado por el Nilo, el Mediterráneo, hasta al-Andalus. Luego, será recuperado por Occidente” recuerda Salah Niazi. Nos encontramos con este prolífico escritor y poeta iraquí en la incongruente atmósfera de paz de un carmen granadino; con el murmullo del agua (el famoso “jarir al-ma’”, tan cantado por los poetas árabes) destilado por una fuente como música de fondo; el día anterior al estruendo planetario producido por la ofensiva de misiles americanos sobre Iraq.

Nuestro amigo literato, traductor de Shakespeare, Joyce o Kabawata al árabe, director de la prestigiosa revista al-Ightirab al-Adabi (El Exilio Literario), instalado desde hace lustros en Londres, visita con frecuencia la ciudad de la Alhambra. El cuerpo cansado por tantas andaduras, los ojos siempre vivos, nos confía sus sentimientos ante la guerra que asolará, una vez más, su país. “Atacar Bagdad es atacar la historia” sentencia. “Mesopotamia es un poco como la madre de todos nosotros, ha dado a luz a cinco grandes civilizaciones, y no se mata o pega a una anciana, aunque haya perdido la razón” se indigna Niazi.

Indignación. Un sentimiento extendido entre los intelectuales iraquíes del exilio (y sin duda alguna, también los del interior), que en su sano juicio aborrecen el régimen de Saddam Hussein, pero toleran difícilmente que su país, donde tanta cultura se ha sedimentado al filo de la historia, sea identificado con este individuo o reducido a un estratégico gran charco de petróleo. “No se combate contra 6.000 años de civilización”, se oía también decir ante la cámara de televisión a un poeta en un café de la calle Mutanabbi, epicentro tradicional de la vida cultural donde los bagdadíes, durante estos años de embargo, se han desprendido de sus libros, por un trozo de pan, en los puestos ambulantes.

Este aspecto del conflicto, tan presente en la mente de los iraquíes  que han cultivado la memoria histórica —por razones también políticas como ya veremos— parece obviado en el océano de análisis sobre la guerra aparecidos en la prensa occidental. En todos los mapas sobre el real o supuesto avance de las columnas de blindados norteamericanos, desplegados en los periódicos o en las pantallas de televisión, aparecen unos pocos nombres de ciudades (Basora, Najaf, Kerbala, Kufa...), simples hitos en un campo de batalla virtual. Pero son ciudades históricas, con elevado valor simbólico, porque son santuarios de algún hecho religioso, de alguna hazaña militar o logro cultural del pasado. Son nombres familiares en la memoria colectiva de árabes y musulmanes.

En estos mapas simplificados, no aparecen tampoco los 10.000 yacimientos arqueológicos censados en el país. Iraq, si fuera necesario recordarlo, es un inmenso campo arqueológico lejos de ser desbrozado.
“En toda la discusión (sobre la guerra) hay un hecho que se ha abordado poco. Se trata de la amenaza real sobre uno de los mayores patrimonios de la humanidad. (...) Occidente bien podría lanzar una guerra llamando a defender la civilización, y paradójicamente, puede que acabe destruyendo los irrecuperables vestigios históricos de lo que fuera el origen de su propia cultura” alertaba antes del inicio de las hostilidades Isaac Bigio, analista en la BBC. Y se preguntaba “¿Occidente contra su cuna?”
Quizá sea necesario intentar entender todo aquéllo que Bagdad e Iraq significan en la memoria y el imaginario colectivo de los pueblos de Oriente Próximo, dando un repaso a su dilatada historia. Recapitulemos.

Cuna de la civilización
Mesopotamia es generalmente considerada, junto a Egipto, como la cuna de la civilización. Esta parte oriental del Creciente Fértil dará a la Humanidad grandes invenciones, como la cerámica, la agricultura, las ciudades y el urbanismo, el cálculo o la escritura. Un hito fundamental: atestiguada desde 3300 a.C. gracias al hallazgo de tablillas de arcilla con signos pictográficos, la escritura marca ni más ni menos que el fin de la prehistoria y el inicio del período histórico (la Historia).
Con el fin de domesticar las aguas de los ríos, los habitantes de la cuenca del Tigris y el Eufrates debieron organizarse para realizar grandes obras de irrigación. Así nació, hacia finales del cuarto milenio, la idea de Estado que dirige y planifica. Surgieron en el Delta de los dos ríos las ciudades-estado de los Sumerios, amuralladas, con su gobierno y una estratificación social compleja. Los Sumerios crearon la escritura cuneiforme para grabar sus leyes y registrar las cuentas de sus intercambios comerciales. Elaboraron el sistema numérico basado en el número 60 (de ahí el número de minutos y segundos), el calendario de 12 meses y 30 días, el cuadrante solar. Inventaron el torno de alfarero y de ahí, la rueda, fundamental para el progreso de la agricultura y luego de las técnicas de guerra, así como los barcos de vela que les permitiría ampliar los horizontes de sus contactos.

Los grandes imperios que sucedieron a los Sumerios —Acadios, Babilonios, Asirios, Caldeos— heredaron sus logros y los enriquecieron. El período antiguo babilonio (1894-1595 a.C.) fue particularmente brillante. Durante el reino de Hammurabi (1792-1750), se desarrollan de manera espectacular la medicina, las matemáticas, la gramática, la lexicografía y sobre todo, el derecho, como lo atestigua el famoso código, conservado en el Louvre, que lleva el nombre de este gran rey. Este compendio de 282 leyes que regulaba la vida, los deberes y los derechos del individuo en la sociedad babilónica es considerado como la más antigua y más completa obra jurídica de la Antigüedad.
Los Asirios, tribu semita asentada en el norte de Iraq, consiguieron imponer su autoridad sobre toda la región al inicio del primer milenio a.C.. Para ello, disponían de una avanzada tecnología bélica, como carros de combate y máquinas de asedio. Temidos y cruentos guerreros, fueron a la par grandes constructores. Assur, Nimrud, Jursabad, Nínive: las grandes ciudades asirias encaramadas a las montañas del Taurus surgieron esplendorosas en el norte de Iraq, y sus vestigios demuestran una gran sofisticación en las artes del urbanismo y la ingeniería hidráulica.

Jefe militar, el rey Assurbanipal era a la vez un apasionado del arte y la literatura. En el archivo de su palacio en Nínive, fueron descubiertas más de 24.000 tablillas dedicadas a toda suerte de materias literarias y científicas. Una inaudita biblioteca de arcilla que almacenaba el saber de la época.
Cuando el imperio asirio se desmoronó repentinamente, con la caída de su capital Nínive, el centro político de Mesopotamia volvió a Babilonia, bajo la dominación de los Caldeos (626-539). Babilonia, la ciudad cosmopolita por antonomasia, fue todo un alarde de maestría en arquitectura, urbanismo e ingeniería hidráulica, con sus míticos jardines colgantes (una de las siete maravillas de la Antigüedad) o la majestuosa puerta de Istar, de una altura de 60 metros, decorada con relieves en ladrillo esmaltado.
Con la caída de Babilonia en 539 a.C., en manos de los Persas del emperador Ciro, se termina el largo período de independencia de Mesopotamia. Convertida en provincia, seguirá siendo una encrucijada de culturas. Se benefició de la magnífica red viaria del vasto imperio persa, que se extendía desde Egipto hasta la cuenca del Indo. Los intercambios fueron asimismo facilitados por la admirable e inédita tolerancia hacia las creencias de los pueblos conquistados por parte de los Persas, que rendían culto a Ahuramazda, dios único e inmaterial.

Ello permitió la circulación de técnicas, productos y cultivos, como el arroz, llegado entonces a esas tierras, las aves de corral o el pavo real. Y sobre todo, de las ideas. En el siglo V a.C., filósofos y matemáticos griegos viajaron por el imperio para adquirir el conocimiento que había acumulado Oriente. Es indudable que muchos de los logros de los griegos, en matemáticas, geometría, astronomía o medicina, no hubieran sido posibles sin el contacto con las teorías de sus predecesores mesopotámicos. La teoría de los átomos de Demócrito, por ejemplo, sería uno de los innumerables préstamos de Mesopotamia a la ciencia.
La incursión del mundo helénico por estas tierras tuvo su punto álgido durante las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. Su huella se dejará sentir durante mucho tiempo, como demuestran los vestigios, de un clasicismo sorprendente en pleno Oriente, de Hatra. En esta antigua ciudad al norte de Iraq, destruida por los Sasánidas en 270 d.C., se elaboró una cultura original nacida de la fusión de elementos mesopotámicos, iranios y helénicos. Durante siglos, las ciudades de Mesopotamia se transformaron, en efecto, en grandes centros de intercambio entre las civilizaciones persa y helénica, y más tarde romana y bizantina.

La huella persa en Iraq, es asimismo fundamental. No se reduce a este vertiginoso arco de ladrillo, de 32 metros de altura, que sigue milagrosamente en pie en Ctesifonte, la antigua ciudad real de los Sasánidas (30 km al sur de Bagdad), sino que influirá de manera sustancial en las artes y la arquitectura, los gustos y los hábitos de corte cuando Iraq, vuelva a ser, a partir del año 750 d.C., el centro de un vastísimo imperio, el islámico, bajo el estandarte negro de los califas abbasíes.

El esplendor abbasí
La imparable conquista árabe, venida del sur y llevada por la nueva Fe, el Islam, acabará barriendo la dominación persa. Los ejércitos del general Sa’ad Abu Waqqas vencieron a las huestes del rey sasánida Yazujord, en la épica batalla de al-Qadissiya, en 637. Iraq, desde esta fecha, es parte indisoluble del mundo árabe e islámico. Y es entre su territorio y Siria donde se librarán las trascendentales luchas por el liderazgo del nuevo estado islámico, entre los partidarios de Mu’awiyya, gobernador de Damasco (los sunníes) y los partidarios de ‘Ali, primo y yerno de Mahoma (los chíies).

Una lucha que causará el indeleble trauma del cisma
que de ahora en adelante dividirá la Umma, la comunidad de creyentes, en dos grandes grupos o confesiones, eternamente rivales, los sunníes y los chíies (de los que surgirán otras escisiones...).

De la contienda, salieron victoriosos los primeros, y Mu’awiyya fundará la primera dinastía islámica, los Omeyas, estableciendo la sede del Califato en Damasco en el año 660.
Apenas noventa años duró el poder Omeya, durante los
cuales el imperio islámico se extenderá de manera fulgurante,
desde España hasta el norte de la India.

Pero se desmoronó ante la revuelta en Iraq, que unía en una coalición circunstancial de descontentos a chiíes, persas, y al clan de los Banu al’Abbas, emparentado con la familia del Profeta. La insurrección consiguió acabar con la totalidad de los miembros de la estirpe omeya, salvo un príncipe, ‘Abderrahman, que consiguió escapar y fundar luego el emirato independiente de Córdoba.

El líder del clan abbasí, Abu-l-‘Abbas al-Saffah es nombrado Califa, el primero, de una larga dinastía de cinco siglos. Traslada la capital del vasto imperio de Damasco a Kufa, en el sur de Iraq. Es el segundo califa, al-Mansur, quien funda en 762 Bagdad en la orilla del Tigris y la convierte en capital. Situada en el corazón de Mesopotamia, la ciudad, que fue inicialmente áulica, hermético mundo reservado a la corte, gobierno y guardia del Califa, tenía una perímetro amurallado en círculo perfecto. Con los siguientes califas, y particularmente el famoso Harun al-Rashid, Bagdad se convierte en la mítica ciudad de las Mil y una Noches. Jardines y palacios de ensueño, pletóricos gineceos, épicos y etílicos desmanes, brillante poesía, toda la gran pompa que emulaba los fastos de los reyes sasánidas inspirará los cuentos.

Pero Bagdad no fue solamente esto. A la sombra de una corte donde los kuttab, los secretarios, debían hacer gala de gran erudición, en una metrópoli cosmopolita que desbordaría pronto el perímetro circular original, se forjará este período clásico de la cultura árabe, al que contribuyeron numerosos literatos iraníes o cristianos, que redactaban en árabe, la lengua del imperio y de la nueva Fe. La capital se convirtió en un extraordinario foco cultural, que proyectaba sus logros, su inspiración y sus gustos a las periferias del imperio que dominaba. Artes y ciencias conocieron su prodigioso desarrollo.

La poesía en primer lugar. Es demasiado larga la lista de autores que cantaron versos sobre la consabida nostalgia por el desierto, las hazañas tribales, los placeres de los palacios, el vino, las cortesanas o los mancebos, que alternaron panegíricos e impertinentes sátiras hacia los príncipes. En este refinado Oriente, siempre amante de la poesía, la gente de la calle no se olvida de sus “clásicos” como el vividor Abu Nuwwas, el asceta Abu-l-‘Atahiya, el cristiano Ibn al-Rumi, el fugaz califa al-Mu’tazz (no duró más de una noche en el poder, antes de ser asesinado), y sobre todo al-Mutanabbi, considerado generalmente como el mayor poeta árabe. En adab (literatura) brillaron el mestizo al-Yahiz e Ibn Qutayba. La gramática, la lexicografía, la historia, fueron objeto de voluminosos estudios.

La creación, en el año 833, por el ilustrado califa al-Ma’mun de la Casa de la Ciencia (Bayt al-Hikma), como biblioteca, centro de erudición y de traducción, marca sin duda el apogeo cultural del imperio abbasí. En este ansia de conocimiento, se traducirán del sirio, del pehlevi (persa) o del griego, un muy extenso corpus de textos de la Antigüedad. Los intereses eran innumerables: desde la astronomía, astrología, medicina, matemáticas, pasando por la farmacopea, botánica, mecánica, geografía, etc. En esta época, se adaptan tablas astronómicas de origen hindú y se mide el meridiano terrestre. Y sobre todo, se bucea con especial interés en la filosofía griega. Se traduce la práctica totalidad de Aristóteles y parte de Platón.

Paralelamente a estas ciencias y disciplinas, las ciencias religiosas conocen un desarrollo decisivo. Es en Bagdad, Basora y Kufa, donde, en los siglos IX y X, se asientan las bases de la Ley y de la jurisprudencia islámicas. Se elabora (casi) definitivamente el corpus de hadith que constituirá la Tradición del profeta, se crearán las principales escuelas jurídicas. En este sentido, Iraq fue uno de los bastiones de la “ortodoxia” sunní. Sin dejar de ser la sede de muchas heterodoxias, como la de los “mu’tazilíes”, corriente muy intelectual dentro del Islam que predicaba, para resumir muy someramente, el entendimiento de la Divinidad única por medio de la Razón. Aupado por el instruido califa al-Ma’mun, el mu’tazilismo será luego duramente reprimido.

El dinamismo cultural característico de la Bagdad abbasí no se desmentirá nunca realmente, aún cuando el Califato se convirtió en la sombra de sí mismo, desmembrado progresivamente con la pérdida sucesiva de provincias, debilitado con el surgir en el siglo X de califatos rivales en Córdoba y El Cairo. El califa se verá reducido a una autoridad puramente nominal a partir de 945, cuando los Buyíes, procedentes de Irán del Norte, toman Bagdad. La realidad del poder la detendrán los Buyíes, y luego los Selyúcidas, castas militares iraníes o turcas. Pero hasta el último hálito, la cultura florecerá, como demuestra la creación de la Mustansiriya, gran universidad de Bagdad creada por el califa al-Mustansir, sólo dos décadas antes de la destrucción de la ciudad por los mongoles. De la catástrofe, la otrora ciudad de las Mil y una Noches no se levantará fácilmente. Dormitará durante largos siglos, como capital de una lejana provincia del imperio otomano que enviará bayas (gobernadores) turcos para recordar la autoridad de la Sublime Puerta. El distendido yugo turco finalizará con la primera guerra mundial, que desembocaría en el desmembramiento del imperio otomano y el reparto de sus provincias por las dos potencias coloniales, los ingleses y los franceses. Las fronteras de Iraq, como la de los otros países de la región, fueron entonces dibujadas con arbitrarios trazos de lápiz y regla, y englobarían tres antiguas provincias otomanas: la de Mosul al norte, mayoritariamente kurda, la de Bagdad en el centro, mayoritariamente sunní, y la de Basora en el sur, mayoritariamente chií.

Los británicos, que se arrogaron el mandato sobre Iraq, entronizarán en 1921 al emir Fayçal —hijo del jerife Hussein de La Meca, el jefe de la revuelta árabe de Lawrence de Arabia—. La llegada de la independencia pactada en 1932 no abolirá la tutela de Londres sobre los asuntos iraquíes, ésta se terminará en 1958 con el golpe de estado liderado por el general Kassem, que derrocó la monarquía hachimí pro-occidental.

El “resurgimiento” abortado
La historia de la nueva república se verá marcada por una sucesión de pronunciamientos militares, que llevarán al gobierno a oficiales, unos naserianos, otros nacionalistas, otros próximos al Partido Comunista. El partido Baas, de ideología panarabista, tendrá su golpe en 1968. Entre sus máximos dirigentes se encontraba el ambicioso Saddam Hussein, quien eliminará a todos sus rivales y será investido presidente en 1979. El Baas, como su nombre indica en árabe, se proponía el “Resurgimiento” de las viejas tierras de Mesopotamia. Disponía, para ello, del maná del petróleo. Gracias también a políticas voluntaristas, Iraq registró en los años 60 y 70 unos notables índices de crecimiento y desarrollo. Los progresos fueron señalados en materia de educación, sanidad, el papel de la mujer, las infraestructuras... Iraq era uno de los pocos países con una muy fornida clase media, y se quería un modelo de desarrollo destinado a proyectarse en el resto del Mundo árabe y el Tercer Mundo.

La moneda tenía su otra cara: el autoritarismo, la ausencia de democracia, la corrupción, que llegaron a su paroxismo con la entronización de Saddam Hussein. El ansiado “resurgimiento” fue abortado por la megalomanía y el aventurismo guerrero del Líder de la Necesidad (Qa’id al-Darura), como le gusta que le llamen. No tardó un año en lanzar a su país a una desastrosa guerra de ocho años contra el vecino iraní, y después de casi dos años de tregua, abalanzar sus ejércitos sobre el pequeño y riquísimo emirato de Kuwait. Las consecuencias son ya de sobra conocidas. El embargo de 12 años mantenido por EE.UU y Gran Bretaña en el Consejo de Seguridad, reducirá al hambre al pueblo y devolverá un Iraq, desangrado, varias décadas atrás.

Otro resultado fue que la ilustrada Bagdad nunca pudo imponerse como ineludible centro cultural del mundo árabe. La censura y la ausencia de libertad llevaron a la élite intelectual al exilio. Sin lugar a dudas, la capital cultural del país se encuentra hoy en Londres, donde viven decenas de miles de iraquíes, generalmente con alto nivel de formación. Y a pesar de todos los impedimentos, Iraq sigue siendo un país de cultura. Tiene a sus grandes escritores y poetas contemporáneos, Nazih al-Mala’ika, Badr Chaker al-Sayab, Abdel-Wahab al-Bayati... que marcan escuela en la literatura árabe. Y los iraquíes son reputados amantes de la lectura. Hay un dicho que afirma: “los libros se publican en El Cairo o Beirut, y luego se leen en Bagdad”.
¿Y ahora, con esta nueva guerra? La guerra, además de extender su manto de muerte, amenaza con recubrir bajo arena y polvo parte de esta memoria y este pasado glorioso, resumidos de manera telegráfica. El considerable y omnipresente patrimonio monumental y arqueológico está en peligro, se alarman los especialistas, que recuerdan los daños causados en la anterior guerra por los bombardeos “aliados” en muchos monumentos, como en Ctesifonte o el zigurat de Ur.

Más: la memoria y la historia, son también un recurso de la política y de la guerra. Por muy brutal que es o fuera el régimen de Saddam Hussein, ha mimado con relativo buen cuidado este patrimonio, según la comunidad de arqueólogos. “El regimen se ha servido de este pasado para crear la identidad nacional, para ensalzar sus valores y el nacionalismo. Laico, siempre ha puesto el énfasis en el pasado mesopotámico. Acorralado durante la guerra de Kuwait luego, ha puesto el énfasis en el esplendor abbasí y el carácter islámico del país, para intentar identificarse con los sentimientos del pueblo y los del mundo árabe”, recuerda Salah Niazi.

Así, Saddam Hussein se hace llamar sucesivamente el Nabucodonosor, Hamurabi o Saladino de los tiempos modernos. Últimamente, se ha sacado de la manga una inédita filiación como descendiente del Profeta, y los medios oficiales le pusieron el laqab de “Triunfador por la gracia de Dios”, propio de los califas abbasíes. Son constantes en sus discursos las referencias al pasado. “Es una agresión contra la historia y la civilización”, clamaba en un refugio, en su primera aparición televisada después del inicio del conflicto.
Estas referencias no son gratuitas. Porque la memoria de la edad de oro de la Bagdad abbasí sigue viva. No hay que olvidar que para el mundo árabe Bagdad corresponde a lo que representa Atenas o Roma para el Occidente, alertaba hace pocos meses en una entrevista a El País Juan Goytisolo. A la hora de escribir estas líneas, la Roma de Oriente está bajo las bombas. Así como los sancta santorum más sagrados del chiísmo, que son las ciudades de Najaf y Kerbala. “Si uno de ellos son alcanzados, sólo podemos esperar una enfurecida reacción por parte de los musulmanes. Sería como bombardear la basílica de San Pedro en Roma...”, advierte Zainab Bahrani, profesora de arte islámico en la Universidad de Columbia, en una página web dedicada al patrimonio iraquí. Sin llegar a pensar en lo peor, en destrozos “colaterales” en las tumbas de los imanes Ali y Husein, parece de todas formas políticamente surrealista que estos lugares santos puedan encontrarse bajo custodia de los marines americanos.

Mucho se ha escrito sobre el odio hacia Saddam de la población chií del sur de Iraq que ha reprimido brutalmente, mucho se ha hablado sobre el hambre y la necesidad de sobrevivir. Pero todo parece también apuntar que la “Coalición” de la guerra ha penetrado en demasiados santuarios históricos, religiosos, arqueológicos y míticos, subestimando e ignorando con soberbia el sentir de la calle, esos sentimientos nacionales o religiosos, esa memoria que recorre los pueblos del Magreb y del Mashreq, hoy presa de una conmoción sin igual. La clave del conflicto, que aparentemente acaba sólo de empezar, podría igualmente situarse ahí: ¿cómo se desbordará y canalizará este océano de indignación?

Es como si hubiésemos perdido la memoria. La tradición sostiene que el Edén se encuentra en el delta de Mesopotamia. Buena parte de la tradición bíblica se desarrolla allí. Muchos de los logros alcanzados por sus antiguas civilizaciones sirvieron de fuente a la tradición helénica. Ambas tradiciones son pilares, según se cuenta, de la civilización occidental. Ésta quizá deba muchos de sus valores, como el racionalismo, o aún el laicismo, al formidable trabajo realizado en la Bagdad de al-Ma’mun, a través del debate, la traducción o los comentarios de los filósofos griegos. Esta obra seguirá su camino por Córdoba, Marraquech, Toledo o algún monasterio de Cataluña, para mucho más tarde ser entregado y enriquecido en Europa. La memoria que condensan esas tierras de entre los dos ríos, es también la de un patrimonio común.



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