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Iraq, La Memoria Histórica en Peligro"
Iraq,
La Memoria Histórica en Peligro
Este
pasado, antiguo y reciente, permite entender algunas
de las claves de la actual conflagración y
sobre todo, la inmensa carga emotiva, religiosa, política,
simbólica, mitológica que recobra en
los pueblos de este tan próximo Oriente el
nombre de Bagdad y de las codiciadas tierras del Tigris
y del Éufrates, ahora pasto de una lluvia de
bombas de la más sofisticada tecnología
del tercer milenio.
Cuenta la leyenda que, cuando Bagdad fue arrasada
por los mongoles en el año 1258, las aguas
del Tigris se volvieron rojas y negras.
Rojas, por la sangre de los habitantes masacrados
por las huestes del terrible Hulagu, nieto de Gengis-Jan.
Negras, por la tinta de los miles de libros derramada
en el río. Desde entonces, la ciudad no ha
dejado de renacer de sus cenizas. Otra vez devastada
por Tamerlán en 1401, resurgió nuevamente...
¿Inmortal?
En realidad, Bagdad no ha muerto nunca. Porque el
formidable legado cultural que nos dejó durante
la edad de oro de los califas abbasíes sigue
vivo. Desde las orillas del Tigris, ha viajado por
el Nilo, el Mediterráneo, hasta al-Andalus.
Luego, será recuperado por Occidente”
recuerda Salah Niazi. Nos encontramos con este prolífico
escritor y poeta iraquí en la incongruente
atmósfera de paz de un carmen granadino; con
el murmullo del agua (el famoso “jarir al-ma’”,
tan cantado por los poetas árabes) destilado
por una fuente como música de fondo; el día
anterior al estruendo planetario producido por la
ofensiva de misiles americanos sobre Iraq.
Nuestro amigo literato, traductor de Shakespeare,
Joyce o Kabawata al árabe, director de la prestigiosa
revista al-Ightirab al-Adabi (El Exilio Literario),
instalado desde hace lustros en Londres, visita con
frecuencia la ciudad de la Alhambra. El cuerpo cansado
por tantas andaduras, los ojos siempre vivos, nos
confía sus sentimientos ante la guerra que
asolará, una vez más, su país.
“Atacar Bagdad es atacar la historia”
sentencia. “Mesopotamia es un poco como la madre
de todos nosotros, ha dado a luz a cinco grandes civilizaciones,
y no se mata o pega a una anciana, aunque haya perdido
la razón” se indigna Niazi.
Indignación. Un sentimiento extendido entre
los intelectuales iraquíes del exilio (y sin
duda alguna, también los del interior), que
en su sano juicio aborrecen el régimen de Saddam
Hussein, pero toleran difícilmente que su país,
donde tanta cultura se ha sedimentado al filo de la
historia, sea identificado con este individuo o reducido
a un estratégico gran charco de petróleo.
“No se combate contra 6.000 años de civilización”,
se oía también decir ante la cámara
de televisión a un poeta en un café
de la calle Mutanabbi, epicentro tradicional de la
vida cultural donde los bagdadíes, durante
estos años de embargo, se han desprendido de
sus libros, por un trozo de pan, en los puestos ambulantes.
Este aspecto del conflicto, tan presente en la mente
de los iraquíes que han cultivado la
memoria histórica —por razones también
políticas como ya veremos— parece obviado
en el océano de análisis sobre la guerra
aparecidos en la prensa occidental. En todos los mapas
sobre el real o supuesto avance de las columnas de
blindados norteamericanos, desplegados en los periódicos
o en las pantallas de televisión, aparecen
unos pocos nombres de ciudades (Basora, Najaf, Kerbala,
Kufa...), simples hitos en un campo de batalla virtual.
Pero son ciudades históricas, con elevado valor
simbólico, porque son santuarios de algún
hecho religioso, de alguna hazaña militar o
logro cultural del pasado. Son nombres familiares
en la memoria colectiva de árabes y musulmanes.
En estos mapas simplificados, no aparecen tampoco
los 10.000 yacimientos arqueológicos censados
en el país. Iraq, si fuera necesario recordarlo,
es un inmenso campo arqueológico lejos de ser
desbrozado.
“En toda la discusión (sobre la guerra)
hay un hecho que se ha abordado poco. Se trata de
la amenaza real sobre uno de los mayores patrimonios
de la humanidad. (...) Occidente bien podría
lanzar una guerra llamando a defender la civilización,
y paradójicamente, puede que acabe destruyendo
los irrecuperables vestigios históricos de
lo que fuera el origen de su propia cultura”
alertaba antes del inicio de las hostilidades Isaac
Bigio, analista en la BBC. Y se preguntaba “¿Occidente
contra su cuna?”
Quizá sea necesario intentar entender todo
aquéllo que Bagdad e Iraq significan en la
memoria y el imaginario colectivo de los pueblos de
Oriente Próximo, dando un repaso a su dilatada
historia. Recapitulemos.
Cuna de la civilización
Mesopotamia es generalmente considerada, junto a Egipto,
como la cuna de la civilización. Esta parte
oriental del Creciente Fértil dará a
la Humanidad grandes invenciones, como la cerámica,
la agricultura, las ciudades y el urbanismo, el cálculo
o la escritura. Un hito fundamental: atestiguada desde
3300 a.C. gracias al hallazgo de tablillas de arcilla
con signos pictográficos, la escritura marca
ni más ni menos que el fin de la prehistoria
y el inicio del período histórico (la
Historia).
Con el fin de domesticar las aguas de los ríos,
los habitantes de la cuenca del Tigris y el Eufrates
debieron organizarse para realizar grandes obras de
irrigación. Así nació, hacia
finales del cuarto milenio, la idea de Estado que
dirige y planifica. Surgieron en el Delta de los dos
ríos las ciudades-estado de los Sumerios, amuralladas,
con su gobierno y una estratificación social
compleja. Los Sumerios crearon la escritura cuneiforme
para grabar sus leyes y registrar las cuentas de sus
intercambios comerciales. Elaboraron el sistema numérico
basado en el número 60 (de ahí el número
de minutos y segundos), el calendario de 12 meses
y 30 días, el cuadrante solar. Inventaron el
torno de alfarero y de ahí, la rueda, fundamental
para el progreso de la agricultura y luego de las
técnicas de guerra, así como los barcos
de vela que les permitiría ampliar los horizontes
de sus contactos.
Los grandes imperios que sucedieron a los Sumerios
—Acadios, Babilonios, Asirios, Caldeos—
heredaron sus logros y los enriquecieron. El período
antiguo babilonio (1894-1595 a.C.) fue particularmente
brillante. Durante el reino de Hammurabi (1792-1750),
se desarrollan de manera espectacular la medicina,
las matemáticas, la gramática, la lexicografía
y sobre todo, el derecho, como lo atestigua el famoso
código, conservado en el Louvre, que lleva
el nombre de este gran rey. Este compendio de 282
leyes que regulaba la vida, los deberes y los derechos
del individuo en la sociedad babilónica es
considerado como la más antigua y más
completa obra jurídica de la Antigüedad.
Los Asirios, tribu semita asentada en el norte de
Iraq, consiguieron imponer su autoridad sobre toda
la región al inicio del primer milenio a.C..
Para ello, disponían de una avanzada tecnología
bélica, como carros de combate y máquinas
de asedio. Temidos y cruentos guerreros, fueron a
la par grandes constructores. Assur, Nimrud, Jursabad,
Nínive: las grandes ciudades asirias encaramadas
a las montañas del Taurus surgieron esplendorosas
en el norte de Iraq, y sus vestigios demuestran una
gran sofisticación en las artes del urbanismo
y la ingeniería hidráulica.
Jefe
militar, el rey Assurbanipal era a la vez un apasionado
del arte y la literatura. En el archivo de su palacio
en Nínive, fueron descubiertas más de
24.000 tablillas dedicadas a toda suerte de materias
literarias y científicas. Una inaudita biblioteca
de arcilla que almacenaba el saber de la época.
Cuando el imperio asirio se desmoronó repentinamente,
con la caída de su capital Nínive, el
centro político de Mesopotamia volvió
a Babilonia, bajo la dominación de los Caldeos
(626-539). Babilonia, la ciudad cosmopolita por antonomasia,
fue todo un alarde de maestría en arquitectura,
urbanismo e ingeniería hidráulica, con
sus míticos jardines colgantes (una de las
siete maravillas de la Antigüedad) o la majestuosa
puerta de Istar, de una altura de 60 metros, decorada
con relieves en ladrillo esmaltado.
Con la caída de Babilonia en 539 a.C., en manos
de los Persas del emperador Ciro, se termina el largo
período de independencia de Mesopotamia. Convertida
en provincia, seguirá siendo una encrucijada
de culturas. Se benefició de la magnífica
red viaria del vasto imperio persa, que se extendía
desde Egipto hasta la cuenca del Indo. Los intercambios
fueron asimismo facilitados por la admirable e inédita
tolerancia hacia las creencias de los pueblos conquistados
por parte de los Persas, que rendían culto
a Ahuramazda, dios único e inmaterial.
Ello permitió la circulación de técnicas,
productos y cultivos, como el arroz, llegado entonces
a esas tierras, las aves de corral o el pavo real.
Y sobre todo, de las ideas. En el siglo V a.C., filósofos
y matemáticos griegos viajaron por el imperio
para adquirir el conocimiento que había acumulado
Oriente. Es indudable que muchos de los logros de
los griegos, en matemáticas, geometría,
astronomía o medicina, no hubieran sido posibles
sin el contacto con las teorías de sus predecesores
mesopotámicos. La teoría de los átomos
de Demócrito, por ejemplo, sería uno
de los innumerables préstamos de Mesopotamia
a la ciencia.
La incursión del mundo helénico por
estas tierras tuvo su punto álgido durante
las conquistas de Alejandro Magno en el siglo IV a.C.
Su huella se dejará sentir durante mucho tiempo,
como demuestran los vestigios, de un clasicismo sorprendente
en pleno Oriente, de Hatra. En esta antigua ciudad
al norte de Iraq, destruida por los Sasánidas
en 270 d.C., se elaboró una cultura original
nacida de la fusión de elementos mesopotámicos,
iranios y helénicos. Durante siglos, las ciudades
de Mesopotamia se transformaron, en efecto, en grandes
centros de intercambio entre las civilizaciones persa
y helénica, y más tarde romana y bizantina.
La huella persa en Iraq, es asimismo fundamental.
No se reduce a este vertiginoso arco de ladrillo,
de 32 metros de altura, que sigue milagrosamente en
pie en Ctesifonte, la antigua ciudad real de los Sasánidas
(30 km al sur de Bagdad), sino que influirá
de manera sustancial en las artes y la arquitectura,
los gustos y los hábitos de corte cuando Iraq,
vuelva a ser, a partir del año 750 d.C., el
centro de un vastísimo imperio, el islámico,
bajo el estandarte negro de los califas abbasíes.
El esplendor abbasí
La imparable conquista árabe, venida del sur
y llevada por la nueva Fe, el Islam, acabará
barriendo la dominación persa. Los ejércitos
del general Sa’ad Abu Waqqas vencieron a las
huestes del rey sasánida Yazujord, en la épica
batalla de al-Qadissiya, en 637. Iraq, desde esta
fecha, es parte indisoluble del mundo árabe
e islámico. Y es entre su territorio y Siria
donde se librarán las trascendentales luchas
por el liderazgo del nuevo estado islámico,
entre los partidarios de Mu’awiyya, gobernador
de Damasco (los sunníes) y los partidarios
de ‘Ali, primo y yerno de Mahoma (los chíies).
Una
lucha que causará el indeleble trauma del
cisma
que de ahora en adelante dividirá la Umma,
la comunidad de creyentes, en dos grandes grupos
o confesiones, eternamente rivales, los sunníes
y los chíies (de los que surgirán
otras escisiones...).
De la contienda, salieron victoriosos los primeros,
y Mu’awiyya fundará la primera dinastía
islámica, los Omeyas, estableciendo la
sede del Califato en Damasco en el año
660.
Apenas noventa años duró el poder
Omeya, durante los
cuales el imperio islámico se extenderá
de manera fulgurante,
desde España hasta el norte de la India.
Pero se desmoronó ante la revuelta en Iraq,
que unía en una coalición circunstancial
de descontentos a chiíes, persas, y al
clan de los Banu al’Abbas, emparentado con
la familia del Profeta. La insurrección
consiguió acabar con la totalidad de los
miembros de la estirpe omeya, salvo un príncipe,
‘Abderrahman, que consiguió escapar
y fundar luego el emirato independiente de Córdoba.
El líder del clan abbasí, Abu-l-‘Abbas
al-Saffah es nombrado Califa, el primero, de una larga
dinastía de cinco siglos. Traslada la capital
del vasto imperio de Damasco a Kufa, en el sur de Iraq.
Es el segundo califa, al-Mansur, quien funda en 762
Bagdad en la orilla del Tigris y la convierte en capital.
Situada en el corazón de Mesopotamia, la ciudad,
que fue inicialmente áulica, hermético
mundo reservado a la corte, gobierno y guardia del Califa,
tenía una perímetro amurallado en círculo
perfecto. Con los siguientes califas, y particularmente
el famoso Harun al-Rashid, Bagdad se convierte en la
mítica ciudad de las Mil y una Noches. Jardines
y palacios de ensueño, pletóricos gineceos,
épicos y etílicos desmanes, brillante
poesía, toda la gran pompa que emulaba los fastos
de los reyes sasánidas inspirará los cuentos.
Pero Bagdad no fue solamente esto. A la sombra de una
corte donde los kuttab, los secretarios, debían
hacer gala de gran erudición, en una metrópoli
cosmopolita que desbordaría pronto el perímetro
circular original, se forjará este período
clásico de la cultura árabe, al que contribuyeron
numerosos literatos iraníes o cristianos, que
redactaban en árabe, la lengua del imperio y
de la nueva Fe. La capital se convirtió en un
extraordinario foco cultural, que proyectaba sus logros,
su inspiración y sus gustos a las periferias
del imperio que dominaba. Artes y ciencias conocieron
su prodigioso desarrollo.
La poesía en primer lugar. Es demasiado larga
la lista de autores que cantaron versos sobre la consabida
nostalgia por el desierto, las hazañas tribales,
los placeres de los palacios, el vino, las cortesanas
o los mancebos, que alternaron panegíricos e
impertinentes sátiras hacia los príncipes.
En este refinado Oriente, siempre amante de la poesía,
la gente de la calle no se olvida de sus “clásicos”
como el vividor Abu Nuwwas, el asceta Abu-l-‘Atahiya,
el cristiano Ibn al-Rumi, el fugaz califa al-Mu’tazz
(no duró más de una noche en el poder,
antes de ser asesinado), y sobre todo al-Mutanabbi,
considerado generalmente como el mayor poeta árabe.
En adab (literatura) brillaron el mestizo al-Yahiz e
Ibn Qutayba. La gramática, la lexicografía,
la historia, fueron objeto de voluminosos estudios.
La creación, en el año 833, por el ilustrado
califa al-Ma’mun de la Casa de la Ciencia (Bayt
al-Hikma), como biblioteca, centro de erudición
y de traducción, marca sin duda el apogeo cultural
del imperio abbasí. En este ansia de conocimiento,
se traducirán del sirio, del pehlevi (persa)
o del griego, un muy extenso corpus de textos de la
Antigüedad. Los intereses eran innumerables: desde
la astronomía, astrología, medicina, matemáticas,
pasando por la farmacopea, botánica, mecánica,
geografía, etc. En esta época, se adaptan
tablas astronómicas de origen hindú y
se mide el meridiano terrestre. Y sobre todo, se bucea
con especial interés en la filosofía griega.
Se traduce la práctica totalidad de Aristóteles
y parte de Platón.
Paralelamente a estas ciencias y disciplinas, las ciencias
religiosas conocen un desarrollo decisivo. Es en Bagdad,
Basora y Kufa, donde, en los siglos IX y X, se asientan
las bases de la Ley y de la jurisprudencia islámicas.
Se elabora (casi) definitivamente el corpus de hadith
que constituirá la Tradición del profeta,
se crearán las principales escuelas jurídicas.
En este sentido, Iraq fue uno de los bastiones de la
“ortodoxia” sunní. Sin dejar de ser
la sede de muchas heterodoxias, como la de los “mu’tazilíes”,
corriente muy intelectual dentro del Islam que predicaba,
para resumir muy someramente, el entendimiento de la
Divinidad única por medio de la Razón.
Aupado por el instruido califa al-Ma’mun, el mu’tazilismo
será luego duramente reprimido.
El dinamismo cultural característico de la Bagdad
abbasí no se desmentirá nunca realmente,
aún cuando el Califato se convirtió en
la sombra de sí mismo, desmembrado progresivamente
con la pérdida sucesiva de provincias, debilitado
con el surgir en el siglo X de califatos rivales en
Córdoba y El Cairo. El califa se verá
reducido a una autoridad puramente nominal a partir
de 945, cuando los Buyíes, procedentes de Irán
del Norte, toman Bagdad. La realidad del poder la detendrán
los Buyíes, y luego los Selyúcidas, castas
militares iraníes o turcas. Pero hasta el último
hálito, la cultura florecerá, como demuestra
la creación de la Mustansiriya, gran universidad
de Bagdad creada por el califa al-Mustansir, sólo
dos décadas antes de la destrucción de
la ciudad por los mongoles. De la catástrofe,
la otrora ciudad de las Mil y una Noches no se levantará
fácilmente. Dormitará durante largos siglos,
como capital de una lejana provincia del imperio otomano
que enviará bayas (gobernadores) turcos para
recordar la autoridad de la Sublime Puerta. El distendido
yugo turco finalizará con la primera guerra mundial,
que desembocaría en el desmembramiento del imperio
otomano y el reparto de sus provincias por las dos potencias
coloniales, los ingleses y los franceses. Las fronteras
de Iraq, como la de los otros países de la región,
fueron entonces dibujadas con arbitrarios trazos de
lápiz y regla, y englobarían tres antiguas
provincias otomanas: la de Mosul al norte, mayoritariamente
kurda, la de Bagdad en el centro, mayoritariamente sunní,
y la de Basora en el sur, mayoritariamente chií.
Los británicos, que se arrogaron el mandato sobre
Iraq, entronizarán en 1921 al emir Fayçal
—hijo del jerife Hussein de La Meca, el jefe de
la revuelta árabe de Lawrence de Arabia—.
La llegada de la independencia pactada en 1932 no abolirá
la tutela de Londres sobre los asuntos iraquíes,
ésta se terminará en 1958 con el golpe
de estado liderado por el general Kassem, que derrocó
la monarquía hachimí pro-occidental.
El “resurgimiento” abortado
La historia de la nueva república se verá
marcada por una sucesión de pronunciamientos
militares, que llevarán al gobierno a oficiales,
unos naserianos, otros nacionalistas, otros próximos
al Partido Comunista. El partido Baas, de ideología
panarabista, tendrá su golpe en 1968. Entre sus
máximos dirigentes se encontraba el ambicioso
Saddam Hussein, quien eliminará a todos sus rivales
y será investido presidente en 1979. El Baas,
como su nombre indica en árabe, se proponía
el “Resurgimiento” de las viejas tierras
de Mesopotamia. Disponía, para ello, del maná
del petróleo. Gracias también a políticas
voluntaristas, Iraq registró en los años
60 y 70 unos notables índices de crecimiento
y desarrollo. Los progresos fueron señalados
en materia de educación, sanidad, el papel de
la mujer, las infraestructuras... Iraq era uno de los
pocos países con una muy fornida clase media,
y se quería un modelo de desarrollo destinado
a proyectarse en el resto del Mundo árabe y el
Tercer Mundo.
La moneda tenía su otra cara: el autoritarismo,
la ausencia de democracia, la corrupción, que
llegaron a su paroxismo con la entronización
de Saddam Hussein. El ansiado “resurgimiento”
fue abortado por la megalomanía y el aventurismo
guerrero del Líder de la Necesidad (Qa’id
al-Darura), como le gusta que le llamen. No tardó
un año en lanzar a su país a una desastrosa
guerra de ocho años contra el vecino iraní,
y después de casi dos años de tregua,
abalanzar sus ejércitos sobre el pequeño
y riquísimo emirato de Kuwait. Las consecuencias
son ya de sobra conocidas. El embargo de 12 años
mantenido por EE.UU y Gran Bretaña en el Consejo
de Seguridad, reducirá al hambre al pueblo y
devolverá un Iraq, desangrado, varias décadas
atrás.
Otro resultado fue que la ilustrada Bagdad nunca pudo
imponerse como ineludible centro cultural del mundo
árabe. La censura y la ausencia de libertad llevaron
a la élite intelectual al exilio. Sin lugar a
dudas, la capital cultural del país se encuentra
hoy en Londres, donde viven decenas de miles de iraquíes,
generalmente con alto nivel de formación. Y a
pesar de todos los impedimentos, Iraq sigue siendo un
país de cultura. Tiene a sus grandes escritores
y poetas contemporáneos, Nazih al-Mala’ika,
Badr Chaker al-Sayab, Abdel-Wahab al-Bayati... que marcan
escuela en la literatura árabe. Y los iraquíes
son reputados amantes de la lectura. Hay un dicho que
afirma: “los libros se publican en El Cairo o
Beirut, y luego se leen en Bagdad”.
¿Y ahora, con esta nueva guerra? La guerra, además
de extender su manto de muerte, amenaza con recubrir
bajo arena y polvo parte de esta memoria y este pasado
glorioso, resumidos de manera telegráfica. El
considerable y omnipresente patrimonio monumental y
arqueológico está en peligro, se alarman
los especialistas, que recuerdan los daños causados
en la anterior guerra por los bombardeos “aliados”
en muchos monumentos, como en Ctesifonte o el zigurat
de Ur.
Más: la memoria y la historia, son también
un recurso de la política y de la guerra. Por
muy brutal que es o fuera el régimen de Saddam
Hussein, ha mimado con relativo buen cuidado este patrimonio,
según la comunidad de arqueólogos. “El
regimen se ha servido de este pasado para crear la identidad
nacional, para ensalzar sus valores y el nacionalismo.
Laico, siempre ha puesto el énfasis en el pasado
mesopotámico. Acorralado durante la guerra de
Kuwait luego, ha puesto el énfasis en el esplendor
abbasí y el carácter islámico del
país, para intentar identificarse con los sentimientos
del pueblo y los del mundo árabe”, recuerda
Salah Niazi.
Así, Saddam Hussein se hace llamar sucesivamente
el Nabucodonosor, Hamurabi o Saladino de los tiempos
modernos. Últimamente, se ha sacado de la manga
una inédita filiación como descendiente
del Profeta, y los medios oficiales le pusieron el laqab
de “Triunfador por la gracia de Dios”, propio
de los califas abbasíes. Son constantes en sus
discursos las referencias al pasado. “Es una agresión
contra la historia y la civilización”,
clamaba en un refugio, en su primera aparición
televisada después del inicio del conflicto.
Estas referencias no son gratuitas. Porque la memoria
de la edad de oro de la Bagdad abbasí sigue viva.
No hay que olvidar que para el mundo árabe Bagdad
corresponde a lo que representa Atenas o Roma para el
Occidente, alertaba hace pocos meses en una entrevista
a El País Juan Goytisolo. A la hora de escribir
estas líneas, la Roma de Oriente está
bajo las bombas. Así como los sancta santorum
más sagrados del chiísmo, que son las
ciudades de Najaf y Kerbala. “Si uno de ellos
son alcanzados, sólo podemos esperar una enfurecida
reacción por parte de los musulmanes. Sería
como bombardear la basílica de San Pedro en Roma...”,
advierte Zainab Bahrani, profesora de arte islámico
en la Universidad de Columbia, en una página
web dedicada al patrimonio iraquí. Sin llegar
a pensar en lo peor, en destrozos “colaterales”
en las tumbas de los imanes Ali y Husein, parece de
todas formas políticamente surrealista que estos
lugares santos puedan encontrarse bajo custodia de los
marines americanos.
Mucho se ha escrito sobre el odio hacia Saddam de la
población chií del sur de Iraq que ha
reprimido brutalmente, mucho se ha hablado sobre el
hambre y la necesidad de sobrevivir. Pero todo parece
también apuntar que la “Coalición”
de la guerra ha penetrado en demasiados santuarios históricos,
religiosos, arqueológicos y míticos, subestimando
e ignorando con soberbia el sentir de la calle, esos
sentimientos nacionales o religiosos, esa memoria que
recorre los pueblos del Magreb y del Mashreq, hoy presa
de una conmoción sin igual. La clave del conflicto,
que aparentemente acaba sólo de empezar, podría
igualmente situarse ahí: ¿cómo
se desbordará y canalizará este océano
de indignación?
Es como si hubiésemos perdido la memoria. La
tradición sostiene que el Edén se encuentra
en el delta de Mesopotamia. Buena parte de la tradición
bíblica se desarrolla allí. Muchos de
los logros alcanzados por sus antiguas civilizaciones
sirvieron de fuente a la tradición helénica.
Ambas tradiciones son pilares, según se cuenta,
de la civilización occidental. Ésta quizá
deba muchos de sus valores, como el racionalismo, o
aún el laicismo, al formidable trabajo realizado
en la Bagdad de al-Ma’mun, a través del
debate, la traducción o los comentarios de los
filósofos griegos. Esta obra seguirá su
camino por Córdoba, Marraquech, Toledo o algún
monasterio de Cataluña, para mucho más
tarde ser entregado y enriquecido en Europa. La memoria
que condensan esas tierras de entre los dos ríos,
es también la de un patrimonio común.
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